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El último kiosco ochentero de Barcelona

Camino por la Rambla Sant Antoni de Barcelona. Vengo de comprar un cómic de Asterix el Galo para mi sobrina por dos euros en La Bola, una tienda de libros y discos de segunda mano de la calle Sepúlveda donde puedes encontrar verdaderas maravillas. A la altura de Villarroel con Tamarit me fijo en una luz brillante que viene de la acera, donde hay un pequeño kiosco de chucherías y pipas. He pasado por allí mil veces y, seguramente, lo habré visto pero en esta tarde oscura brilla más que nunca.

 

Es pequeño, lleno de pintadas, con un poste de tendido eléctrico muy antiguo por el que ya no pasan cables. Podría ser una máquina del tiempo, una puerta que te lleva a otra dimensión, directamente a los años ochenta. Vienen a mi mente algunos cuadros de Edward Hopper y capítulos de Stranger Things. Recuerdos de mi infancia, el sabor a pipas, a chicle y gominola. Veo asomar una cabeza sin rostro de alguien que parece sentado en un rincón leyendo algo. Hago unas fotos y paso de largo.

Fascinada por el descubrimiento, perturbada por la nostalgia, y atraída por la luz y un magnetismo difícil de explicar, doy media vuelta regresando al lugar mágico. No todos los días se tiene el ánimo de comenzar una conversación con una persona desconocida pero hoy va a ser el día. Tengo la intuición de que este encantador cubículo guarda una historia fascinante y no me equivoco.

 

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Me asomo al kiosco de chuches más entrañable que he visto en siglos con un sonoro ‘¡hola!’. Aparece Milagros, una mujer de avanzada edad y sonrisa bondadosa. Le pregunto por el singular negocio y me cuenta que lleva en él 55 años, ‘casi la mitad de los que tú tienes’. ¡Gracias por el cumplido! Desde el año 1962, Milagros regenta ‘el último kiosco de chuches y pipas de Barcelona. ‘Cuando yo me vaya ya no quedará ninguno’ me dice sonriente. Varios vecinos se acercan a saludarla pero al ver que estaba ocupada le dicen que ya bajarán más tarde para charlar un rato con ella. Un treintañero viene a comprar dos bolsas de pipas grandes. Intuyo que para pasar la noche del viernes viendo alguna serie. Sant Antoni todavía es muy barrio aunque cada vez sean menos los vecinos que pueden costearse vivir en él.

 

  • Ahora los chicos ya no compran chucherías ni pipas. Como se gastan el dinero en porros, ya no tienen dinero para más.

  • Ni para pipas – contesto mientras reímos.

 


Le pregunto por el poste eléctrico. ‘Antes cogía la luz de una farola que había en la esquina pero ahora la corriente viene del suelo’. Cuesta creer que la modernidad llegue a este oasis.

 

  • Pasaré a verte otro día.

  • ¡Gracias maja!

 

Mientras camino, pienso en qué momento volveré a hablar con ella. Cuándo tendré tiempo para pasear tranquilamente, sin prisas, sin ir corriendo porque llego tarde al encuentro con alguien. Cuándo tendré tiempo, tan necesario por otra parte, de una charla breve y terapéutica por el barrio, con sus gentes. Antes compraba las bolsas de pipas en el supermercado. A partir de ahora las compraré en el kiosco, como antes. De esta manera, tengo la excusa perfecta para saludar a Milagros.

 

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