Muertes en directo como espectáculo en Barcelona

El espectáculo de las ejecuciones públicas en la ciudad de Barcelona

 

En la antigüedad Barcelona disponía de infinidad de horcas para ejecutar a los condenados a muerte distribuidas por toda la ciudad.

 

Se encontraban en el pla de la Boqueria. En la puerta de Sant Antoni. En la plaça Nova al lado de la catedral. En Rec Comtal y en la Trinitat. Esta ultima era la quinta y estaba tan alejada de la ciudad que desde entonces cuando alguien quiere decir que algo está muy lejos dice que está en la quinta forca. En la Creu Coberta, existían unas cuantas horcas, situadas en los limites con la antigua Vila de Sants.

 

Cervantes hizo pasar a Don Quijote por las horcas de Creu Coberta en su visita a Barcelona y de ellas dijo:

 

-No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no vees, sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados; que por aquí los suele ahorcar la justicia cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona.

 

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Pues bien, durante muchos años en el pla de Palau estuvo instalada una horca donde ahorcaban a los ajusticiados después de arrastrarlos a caballo por toda la ciudad, golpeándolos y mutilándolos por el camino.

Era practica habitual en la época este tipo de barbaridades, lo mas normal era cortarle las manos y en algún caso quemarlas ante los ojos del condenado siempre acompañado por un barbero cirujano para cuidar de que no muriese antes de ser colgado.

La infernal y dantesca zona del Poblenou llamada el Canyet


Era una zona del Poblenou cercana a la llacuna y al actual cementerio del Poblenou.
Un lugar frecuentado por alimañas de todo tipo y condición en busca de despojos humanos. Los despojos de los ejecutados que allí se arrojaban dejados a la misma suerte que tuvieron en vida. En ese mismo lugar la inquisición quemaba en la hoguera a herejes, sodomitas y pobres desgraciados que renegaban de Cristo.

Era un lugar putrefacto junto a una laguna, la Llacuna, fétida e insalubre. Una especie de inframundo en la tierra, un averno pestilente donde reinaba la sinrazón. El hedor a muerte del Canyet era insoportable y según como soplara el viento, el mal olor podía llegar hasta la ciudad. La expresión “Irse al cañyet” aun se utiliza después de tantos años. Irse al Canyet significa que uno va a morirse.

 

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En 1492 el pagés Joan de Canyamars hirió con un puñal al rey Fernando el Católico en la plaza del rey de Barcelona

 

Ya condenado, le pasearon en carro, semidesnudo y en la plaza del Blat, el verdugo le cortó una mano; en la del Born, la otra mano y murió al momento, en la plaza Sant Jaume le cortó la nariz, le sesgó un muslo y le sacó un ojo. En la plaza Nova le cortó una pierna, en la plaza Santa Anna, la otra pierna.

La comitiva siguió por la calle Sant Pere, dónde descuartizaron lo que quedaba. Sacaron el carro con los restos fuera de la ciudad y quemaron lo poco que quedaba de él.

 

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En abril de 1573 en una de las puertas de la ciudad se colgaron los cuerpos sin vida de 21 bandoleros, ofreciendo un espectáculo de lo más macabro a los que entraban o salían de la ciudad, sin contar con el olor a putrefacción que debía desprender tal cantidad de cadáveres colgados de sogas.

 

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Había diferentes maneras de ejecutar a los reos dependiendo del delito y de la clase social a la que pertenecían

 

A los asesinos se les condenaba a la horca, con la soga al cuello si eran cristianos, la muerte tardaba en llegarles entre diez minutos a un cuarto de hora, los peor parados eran los judíos, estos eran colgados de los pies y tardaban en morir como tres días. Los que eran detenidos por robo se les azotaba a látigo ante el público y se les desorejaba.

Las ejecuciones públicas eran una especie de obra de teatro en la que el maestro de ceremonias era el verdugo. Todo estaba programado para ofrecer el espectáculo más horrendo que alguien se pueda imaginar para que sirviese de ejemplo a la ciudadanía.

Era costumbre llevar a niños para que viesen las ejecuciones y les daban un capón justo cuando mataban al reo para que jamás se le olvidase y le sirviera de ejemplo.

Cuando el reo era condenado a “Cruelísima Muerte” era paseado encima de un carro atado a un poste donde el verdugo ejercía sus malas artes dependiendo de la condena del preso.

Que iba desde el descuartizamiento en vida a las torturas más salvajes con alicates calentadas al rojo vivo donde se les arrancaban trozos de carne.

 

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Una ejecución que se practicaba en Barcelona como algo innovador era ahogar en el mar a los asesinos, pero esta modalidad solo era para la gente de clase alta, a los nobles se les decapitaba a espada o hacha en amplias plazas para que el publico fuese masivo.

 

Estos métodos eran en la justicia civil, en la religiosa la cosa cambiaba.

 

Los tribunales de la Santa Inquisición tenían otro tipo de ejecuciones y otra manera de hacer las cosas. La más común era la de quemar vivos en la hoguera instalada fuera de la muralla, más o menos donde ahora está el Gran Teatro del Liceo. Los herejes vestidos con el San Benito eran atados a un poste y quemados vivos al igual que a los sodomitas y a las personas que practicaban sexo con gente de otras religiones.

 

La marginada vida de los Verdugos  en Barcelona

 

Los verdugos solían vestir de negro pero en Barcelona en algunas épocas lo hacían de amarillo de pies a cabeza. En las posadas no se les servía si no era en su propio baso que siempre llevaba encima, en el mercado no podía tocar los alimentos con las manos y los sastres no les atendían para no tocar con sus manos un ser tan despreciable.

Vivía en una casa aislada del resto de ciudadanos pegada a la muralla.

En época de pleno apogeo de la Santa Inquisición el verdugo vivía delante del tribunal de la inquisición en la plaza del Rey, en la casa más estrecha de la ciudad. Hoy en día es parte del museo de historia de la ciudad.

 

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La tienda de los horrores

 

Horas después de finalizada la ejecución, el verdugo, se acercaba al patíbulo para descuartizar lo poco que quedaba de los cadáveres y repartir los trozos por puntos claves de la ciudad para que sirviese de ejemplo. Algunos verdugos tenían tienda, una de ellas en la calle Pou Dolç, donde acudían, magos, brujas y nigromantes a comprar partes de cuerpos de los condenados para hacer pócimas, amuletos y estudios de anatomía.

 

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La cofradía de la Purísima Sang y la de los desamparados asistían a los condenados antes y después de la ejecución

 

Los religiosos repartidos por las diferentes cofradías desde el siglo XIV se dedicaban a asistir espiritualmente a los ajusticiados.
La cofradía de Los Desamparados hacía procesiones hasta las horcas instaladas lejos de la ciudad para recoger los huesos. Se encargaban de recogerlos para llevarlos a la plaza de Sant Josep Oriol y enterrarlos en sagrada sepultura.
A la procesión de Los Huesos podían asistir todas las personas que quisiesen pero solo los cofrades y los huérfanos podían salir de las murallas. A su paso, las puertas y ventanas de las casas se cerraban y los vecinos dedicaban oraciones a los muertos.

 

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La cofradía de la Purísima Sang de Nostre Senyor Jesucrist, tenía su sede en el edificio ubicado en la calle Cardenal Casañas con la plaza del Pi. En la actualidad aun existe el edificio justo enfrente de la iglesia de Santa Maria del Pi, donde tiene una capilla con la figura del Cristo grande, “Crist Gros”. A este cristo lo sacaban a la calle para acompañar a los reos al cadalso y ayudarles a bien morir. La cofradía tenía dos imágenes de Cristo, la que sacaban para acompañar a un reo hasta el cadalso y la imagen grande, la del Crist Gros que sacaban solo cuando la ejecución era múltiple.

 

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Con los años este tipo de ejecuciones y torturas se fueron suavizando. Hasta el momento en que a los ladrones no se les azotaba ni desorejaba. Tan solo se les levantaba la camisa y se les marcaba a fuego con el escudo de la ciudad. De esta manera cuando alguien levantaba la camisa a un ladrón era una manera de delatarlo. De ahí la expresión que ha llegado hasta nuestros días. Cuando alguien te tima o te delata se dice que te ha levantado la camisa.

 

La última ejecución pública en las calles de Barcelona tuvo lugar en el Pati de Corders de la prisión de la Reina Amalia el 15 de junio de 1897.


Silvestre Luis
fue ejecutado a Garrote Vil después de haberse declarado culpable del asesinato de su mujer y sus dos hijas. La prisión de la Reina Amalia y el patio donde se trenzaban las cuerdas para la horca fueron destruidos por los anarquistas en los comienzos de la guerra civil.

 

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Las ejecuciones siguieron practicándose en el interior de las prisiones hasta que se abolió la pena de muerte en España.

 

Los últimos ejecutados a garrote vil


Salvador Puig Antich, miembro del MIL y George Michael Welzel “Heinz Chez”, delincuente común, el 2 de marzo de 1974 a las 9:30 horas de la mañana y a las 9:40 respectivamente.

 

Portada de periódico con la noticia de la ejecución de Salvador Puig Antich y Heinz Chez.

Portada de periódico con la noticia de la ejecución de Salvador Puig Antich y Heinz Chez.

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Las últimas ejecuciones en España se realizaron por el método de fusilamiento el 27 de septiembre de 1975

 

En Madrid, Barcelona y Burgos a tres miembros del FRAP, José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz y dos de ETA Juan Paredes Manot y Ángel Otaegui.

 

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Las ejecuciones en público eran una insana afición que 
por suerte pasó a la historia, aunque por desgracia, sigue 
vigente en unos cuantos países del mundo
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